—No puedo ver nada, Nicolás. ¿Y si me caigo? —preguntó Helena, caminando muy lento.
Era de noche, y la ciudad parecía dormida bajo un cielo estrellado. La pareja de recién casados había cruzado al otro extremo de la ciudad, buscando un rincón solo para ellos.
Nicolás caminaba detrás de Helena, cubriéndole los ojos con una mano cálida, mientras con la otra la guiaba con cuidado.
—Confía en mí —susurró él, con una sonrisa que ella no podía ver—. No te vas a caer conmigo aquí para sostenerte.