—Voy a casarme… —murmuró Helena.
Llevaba puesto un vestido blanco tipo princesa, con la falda amplia rozando el suelo y un brillo que capturaba la luz del atardecer. El cabello lo tenía recogido en una cebolla pulida.
El maquillaje era sutil, casi imperceptible, como si su rostro no necesitara más que la emoción del momento para brillar.
Carlos le abrió la puerta del auto con una elegancia que no necesitaba ser ensayada. Ya habían llegado al jardín donde se llevaría a cabo la boda. Le ofreció