La boda de Diana había llegado en un abrir y cerrar de ojos. El cuarto estaba lleno de movimiento… telas extendidas, voces suaves, manos expertas ajustando cada pliegue del vestido. Las sirvientas trabajaban con precisión, rodeándola como pétalos alrededor de un tallo.
—Estoy horrible…
Diana se miraba en el espejo, inmóvil. Su panza, prominente y redonda, dominaba el reflejo. Era enorme, y aunque sabía que albergaba vida, no podía evitar sentir una punzada de incomodidad.
El vestido, que esta