La sala de espera del hospital olía a desinfectante y ansiedad. Helena apretaba la mano de Nicolás con fuerza, aunque intentaba disimularlo. Él la miraba de reojo, sin decir nada, pero con los dedos entrelazados como si no quisiera soltarla nunca.
Una enfermera se acercó con una carpeta en mano.
—¿Helena Cooper? —preguntó, con una voz amable.
Helena se levantó de inmediato. Nicolás la siguió, sin soltar su mano. Estaban bastante nerviosos los dos.
—Sí, somos nosotros —respondió ella.
—La docto