Unos días después, el caos se había disipado. La gente ya no se agolpaba en la entrada, los gritos se habían convertido en susurros, y el edificio volvía poco a poco a respirar.
La policía seguía ahí, discreta, custodiando la entrada para mantener a raya a los reporteros más insistentes.
Las cámaras ya no apuntaban con la misma urgencia, y los vecinos empezaban a salir sin temor a ser abordados.
Helena estaba a punto de subirse al ascensor para ir a su oficina, cuando Karen la llamó.
—¡H