La noche de la pijamada llegó en un abrir y cerrar de ojos. Helena, con una mochila medio desbordada y una sonrisa nerviosa, tocó la puerta de la casa de Karen.
La música suave se filtraba desde adentro, y el olor a palomitas recién hechas la envolvió antes de que alguien siquiera abriera. Karen apareció con una camiseta gigante y calcetas de colores, como si el caos emocional de los últimos días pudiera combatirse con azúcar, risas y películas malas.
—¡Ya era hora! —dijo, tirando de Helena