Helena abrió la puerta de su oficina como cualquier otro día, con una carpeta en una mano y el café en la otra, pero lo que vio la dejó congelada.
Kaito estaba besando a Maikol. No se trataba de un beso rápido ni algún error, era uno real, con lengua incluida.
Se quedó en shock, sin saber si retroceder o fingir que no había visto nada. No entendía cómo habían llegado a eso, pero la vergüenza la atrapó.
Kaito y Maikol se sobresaltaron al verla.
Se separaron de golpe, como si el aire se