Al día siguiente, Helena estaba a punto de irse al trabajo, se apresuró en arreglarse porque Nicolás pasaría por ella.
Sarai le sirvió el desayuno con la misma delicadeza de siempre, colocando el plato frente a ella con una sonrisa suave y no tardó en notar algo distinto.
Helena comía con apuro.
No era ansiedad exactamente, pero sí una urgencia que no solía tener a la hora de desayunar. Ni siquiera miró bien lo que tenía en el plato.
Sarai frunció el ceño.
—¿Tienes prisa o estás escapan