Rechazada por el Alfa
Rechazada por el Alfa
Por: Valentina Cano
Capítulo 1 — Selene

Cinco años.

Cinco años desde la última vez que pisé este territorio, y el bosque huele exactamente igual: a tierra húmeda, a pino, a poder. El aire de una manada tiene un sabor distinto al de cualquier otro lugar del mundo, algo que se te mete bajo la piel incluso cuando has pasado media vida tratando de olvidarlo.

Detengo el auto en el límite invisible que marca el territorio de la Manada de la Luna Negra. No necesito un cartel para saberlo. Lo siento en los huesos, en el instinto que llevo dormido tanto tiempo y que ahora despierta de golpe, como si nunca se hubiera ido.

Apago el motor. Respiro.

La última vez que crucé esta línea, lo hice arrastrando los pies, con la cabeza gacha y el corazón hecho pedazos en el pecho. Hoy la cruzo de pie, con la espalda recta y algo en la mirada que espero que Killian reconozca cuando por fin nos encontremos cara a cara.

Porque nos vamos a encontrar. Es solo cuestión de tiempo.

Bajo del auto y el bosque entero parece contener el aliento. Los árboles son los mismos, altísimos, negros contra el cielo gris de la tarde. Pero yo ya no soy la misma que se fue.

—No deberías estar aquí.

La voz viene de mi izquierda, entre los árboles. Reconozco el timbre antes de ver la cara: Marcus, el beta de Killian. Ha envejecido —una cicatriz nueva le cruza la ceja, canas prematuras en las sienes— pero los ojos son los mismos, entornados, calculando el peligro antes de calcular cualquier otra cosa.

—Hola, Marcus.

Él da un paso atrás, casi imperceptible, y eso me dice todo lo que necesito saber. Puede sentirlo. El cambio. Lo que ahora soy.

—Selene. —Dice mi nombre como si masticara un hueso—. Han pasado años.

—Cinco, para ser exactos.

—¿Qué quieres?

Sonrío, y algo en mi sonrisa hace que él retroceda otro paso.

—Vine a hablar con el Alfa.

—Killian no...

—No te lo estoy preguntando, Marcus.

Las palabras salen de mi boca con un peso que no tenían hace cinco años. Antes, mi voz era un susurro que nadie se molestaba en escuchar. Ahora hay algo debajo de cada palabra, una autoridad que se ha ido forjando golpe a golpe, noche tras noche, lejos de aquí.

Marcus me mira un segundo más, y veo el momento exacto en que decide no discutir. Asiente, apenas, y se da la vuelta para guiarme hacia el corazón del territorio.

Caminamos en silencio. El bosque se abre poco a poco, revelando las cabañas que conozco de memoria, el gran salón de reuniones, el claro donde...

No. No voy a pensar en el claro. No todavía.

Cada paso que doy resuena en mi memoria como un eco de otra Selene, una versión de mí que caminaba estos mismos senderos con la cabeza baja, evitando las miradas, tratando de ocupar el menor espacio posible en un mundo que le había dejado claro, una y otra vez, que no pertenecía a él.

Esa Selene murió la noche que Killian pronunció aquellas palabras frente a toda la manada.

Lo que quedó después tuvo que aprender a caminar de nuevo. A respirar de nuevo. A convertirse en algo que ninguna manada pudiera volver a descartar.

—Espera aquí —dice Marcus, deteniéndose frente al gran salón.

Las puertas de madera oscura son las mismas de siempre, talladas con el símbolo de la manada: una luna partida por la mitad, una mitad clara y otra oscura. Nunca entendí el simbolismo hasta hace poco. Ahora sé exactamente lo que representa.

Marcus desaparece dentro. Escucho voces amortiguadas, el tono grave de un hombre dando órdenes, y algo en mi pecho se tensa al reconocer esa voz después de tanto tiempo.

Killian.

No he vuelto a escuchar su voz desde aquella noche. Han pasado cinco años y aun así mi cuerpo reacciona como si el tiempo no hubiera pasado, como si el vínculo roto todavía tuviera hilos sueltos enredados en mi pecho, tirando hacia él sin que yo se lo permita.

Odio esa reacción. La odio con una intensidad que casi iguala al dolor de aquella noche.

Las puertas se abren.

Y ahí está.

Más alto de lo que recordaba, o tal vez es solo la forma en que ahora ocupa el espacio, con una autoridad que ha crecido junto con los años. Los hombros más anchos, la mandíbula más dura, una cicatriz nueva que le cruza el antebrazo izquierdo, visible bajo la manga remangada de su camisa.

Sus ojos —esos ojos grises que una vez me miraron con piedad, la peor forma de crueldad que existe— se encuentran con los míos.

Y por un segundo, solo un segundo, veo algo quebrarse en ellos.

—Selene.

Mi nombre en su boca suena distinto a como lo recordaba. Ya no hay la distancia fría de aquella noche. Hay algo más crudo, algo que se parece peligrosamente al shock.

—Killian. —Mantengo la voz firme, controlada. Cada palabra es un ejercicio de voluntad—. Cuánto tiempo.

Él no responde de inmediato. Sus ojos me recorren de arriba abajo, no con el deseo obvio de un hombre que ve a una mujer atractiva, sino con algo más complicado: como si estuviera tratando de reconciliar a la mujer frente a él con el recuerdo que ha cargado durante cinco años.

—No esperaba... —empieza, y se detiene. Traga—. No esperaba volver a verte.

—El sentimiento es mutuo.

Marcus se mueve, incómodo, en el marco de la puerta, claramente sin saber si debe quedarse o desaparecer. Killian resuelve la duda con una mirada breve, y el beta se retira, cerrando la puerta tras de sí.

Quedamos solos.

El silencio que sigue está cargado de todo lo que no decimos. Cinco años de rechazo, de vínculo roto, de una humillación pública que todavía puedo sentir arder en la piel cuando cierro los ojos.

—¿Por qué has vuelto? —pregunta al fin. Su voz ya no tiene la autoridad fría de antes; hay algo debajo, algo que suena peligrosamente parecido al miedo.

Doy un paso hacia él. Solo uno. Pero es suficiente para que retroceda, apenas, un movimiento tan sutil que cualquiera que no lo conociera jamás lo habría notado.

Yo sí lo noto. Y algo salvaje y satisfecho se despierta en mi pecho al verlo.

—Digamos que tenía asuntos pendientes en este territorio.

—Selene...

—No. —La palabra sale más dura de lo que pretendía, cortando el aire entre nosotros—. No tienes derecho a decir mi nombre así. No después de lo que hiciste.

Su mandíbula se tensa. Por un instante, el Alfa poderoso que gobierna esta manada desaparece, y en su lugar veo algo que se parece sospechosamente al hombre que, en algún rincón roto de mi memoria, alguna vez amé.

—Tienes razón —dice, y la admisión parece costarle físicamente—. No tengo derecho a nada. Pero necesito que sepas que...

—No necesito saber nada de ti, Killian.

Doy media vuelta hacia la puerta, y por primera vez en cinco años, siento el peso de su mirada clavado en mi espalda como una quemadura.

—Selene, espera.

Me detengo con la mano en el picaporte. No me giro.

—El vínculo... —su voz se quiebra, apenas, en la palabra— nunca se rompió del todo. ¿Verdad? Lo sientes. Igual que yo.

Cierro los ojos un segundo. Siento el tirón invisible en el pecho, ese hilo maldito que ni cinco años ni todo el poder que he forjado ha logrado cortar del todo.

—Eso ya no importa —digo, y esta vez sí me giro para mirarlo—. Lo que importa es que la próxima vez que hables conmigo, Killian, no lo harás como el Alfa que una vez me rechazó frente a toda su manada.

—¿Entonces cómo?

Sonrío, y por primera vez en cinco años, la sonrisa no me duele.

—Lo harás como el hombre que va a suplicar mi perdón.

Salgo del salón sin mirar atrás, dejando tras de mí un silencio tan denso que casi puedo sentirlo presionando contra mi espalda.

Detrás de esas puertas de madera oscura, sé que Killian sigue de pie, exactamente donde lo dejé.

Bien.

Que se acostumbre a esa sensación.

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