No duermo esa noche. No puedo.
Me quedo en mi despacho, con los mapas del territorio extendidos sobre la mesa, aunque no los estoy mirando realmente. Mi mente sigue en el salón, en la forma en que Selene se irguió frente a mí sin un ápice del miedo que alguna vez le tuvo a mi voz.
Marcus entra sin tocar, como siempre, con dos tazas de café que huelen más fuerte de lo habitual. Sabe que esta noche necesito algo más que el brebaje suave que suele tomar la manada.
—¿Alguna novedad? —pregunto, sin levantar la vista de los mapas.
—Hablé con algunos contactos fuera del territorio. —Deja una taza frente a mí—. Nadie sabe nada concreto sobre dónde estuvo Selene estos cinco años. Es como si hubiera desaparecido del radar por completo.
—Eso no es normal. Una omega no simplemente desaparece sin dejar rastro.
—Una omega no. —Marcus se sienta frente a mí, serio—. Pero lo que sea que se convirtió, sí podría.
Aprieto la taza entre las manos hasta que el calor se vuelve casi doloroso.
—Necesito saber quién le dio ese poder, Marcus. Y necesito saberlo antes de que sea demasiado tarde para protegerla de lo que sea que venga a cobrar la cuenta.
—¿Protegerla? —Marcus arquea una ceja—. Hace unas horas apenas podías sostenerle la mirada sin sentirte como un cachorro regañado. ¿Ahora quieres protegerla?
—Siempre quise protegerla —digo, y la verdad de esas palabras me sorprende incluso a mí—. Ese fue justamente el problema. Pensé que protegerla significaba alejarla de la manada, de las responsabilidades que un día caerían sobre una compañera de Alfa. Pensé que la debilidad era algo que había que evitar a toda costa, incluso si eso significaba romperle el corazón.
—Y ahora ella ya no es débil.
—No. —La palabra sale cargada de algo que no sé nombrar del todo: orgullo, temor, un asombro que no debería sentir por la misma mujer a la que humillé—. Ahora es más fuerte que la mitad de mis guerreros. Y eso me aterra más de lo que jamás me aterró su vulnerabilidad.
Marcus guarda silencio un momento, dejándome sentado con mis propias contradicciones.
—Hay algo más que deberías saber —dice finalmente, con la voz baja de quien está a punto de entregar una mala noticia—. Uno de mis contactos mencionó un nombre. Dijo que había rumores, nada confirmado, sobre una bruja que recorre los territorios en busca de omegas rechazadas. Les ofrece poder. A cambio de una deuda que nunca se especifica del todo hasta que decide cobrarla.
Se me hiela algo por dentro.
—¿Un nombre?
—Ophelia.
El nombre cae en el despacho como una piedra en un estanque quieto, y de inmediato siento que algo se acomoda en su lugar, una pieza del rompecabezas que llevaba horas buscando sin saberlo.
—¿Qué sabes de ella?
—No mucho, y lo poco que sé no es tranquilizador. —Marcus se inclina hacia adelante—. Se dice que su propio poder depende de vínculos rotos. Que los busca, los cultiva, y cuando finalmente están listos para sanar... los usa.
Los usa. La frase se queda flotando en el aire, cargada de un peligro que apenas empiezo a comprender.
—El vínculo entre Selene y yo —digo lentamente, atando cabos que no quería atar— nunca se rompió del todo. Ella misma me lo insinuó hoy. Si Ophelia necesita vínculos rotos para alimentar su poder...
—Entonces un vínculo que empieza a sanar podría ser exactamente lo que está esperando —termina Marcus por mí—. No para que se rompa del todo. Sino para cosechar lo que sea que ocurra cuando dos personas destinadas finalmente se reconcilian.
Me levanto de golpe, la silla arrastrándose contra el suelo de madera con un chirrido brusco.
—Si eso es cierto, cada paso que dé para recuperar a Selene podría estar acercándola más al peligro, no alejándola de él.
—O —dice Marcus, con cautela— podría ser la única forma de protegerla. Si Ophelia viene a cobrar de todos modos, Selene necesitará algo más que su propio poder para enfrentarla. Necesitará una manada. Necesitará un Alfa dispuesto a arriesgarlo todo por ella.
Camino hasta la ventana, mirando la oscuridad del territorio que se extiende más allá del cristal. En algún lugar ahí fuera, Selene está enfrentando sola algo que ninguno de los dos entendemos todavía del todo.
—No voy a cometer el mismo error dos veces —digo, más para mí mismo que para Marcus—. La rechacé una vez por miedo a que fuera demasiado débil para esta manada. No pienso perderla ahora por miedo a lo que sea que la haya vuelto fuerte.
—¿Y si ella no quiere tu protección?
Me giro hacia él, y algo en mi expresión debe ser suficientemente claro, porque Marcus levanta las manos en un gesto de rendición.
—Entonces se la daré de todos modos —digo—. Aunque tenga que ganármela paso a paso, aunque tenga que arrodillarme frente a toda la manada para demostrarle que esta vez no pienso soltarla.
Porque si Ophelia quiere cobrar una deuda usando el vínculo entre Selene y yo, tendrá que pasar primero sobre mí.
Y no pienso ponérselo fácil.