El motel en las afueras del territorio huele a humedad y a cigarrillos viejos, pero es lo único disponible a esta hora, y no pienso conducir de vuelta a la ciudad esta noche. No cuando todavía siento el pulso acelerado, el eco de la voz de Killian repitiéndose en mi cabeza como una herida que se niega a cerrar.
Me siento en el borde de la cama y me quito las botas, una por una, tratando de concentrarme en algo tan simple como eso. El cuero. Los cordones. Cualquier cosa que no sea el rostro de Killian mirándome como si yo fuera un fantasma.
Funcionó. Todo funcionó exactamente como lo planeé durante estos cinco años: entrar, dejar clara mi posición, salir sin mirar atrás.
Entonces, ¿por qué todavía me tiemblan las manos?
Me recuesto en la cama y cierro los ojos, pero el descanso no llega. En su lugar, llega el recuerdo. Siempre llega, tarde o temprano, cuando bajo la guardia lo suficiente.
*Cinco años atrás.*
Después de la humillación en el claro, no recuerdo cómo llegué hasta la carretera. Solo recuerdo caminar, con los pies descalzos sobre la grava, sin rumbo, sin plan, solo huyendo del dolor que me perseguía como una bestia hambrienta.
Me encontró Ophelia.
No sé cuánto tiempo llevaba siguiéndome cuando finalmente se materializó frente a mí, en medio de la nada, con esa sonrisa que en aquel momento me pareció la única amabilidad que quedaba en el mundo.
—Una omega rechazada —había dicho, estudiándome como quien estudia una pieza de ajedrez—. Qué desperdicio.
Le pregunté quién era. Ella solo sonrió más.
—Alguien que puede ofrecerte lo que tu manada nunca te dio.
Debí sospechar entonces. Debí darme cuenta de que nadie ofrece poder sin pedir algo a cambio, que la generosidad de Ophelia tenía un precio que yo todavía no había empezado a pagar del todo.
Pero estaba rota, y una mujer rota acepta cualquier cosa que prometa que nunca más volverá a sentirse pequeña.
Acepté.
Los años que siguieron fueron de entrenamiento brutal, de dolor que remodeló cada fibra de mi cuerpo, de un poder que creció dentro de mí como una segunda piel hasta que la Selene que Killian rechazó dejó de existir por completo.
Ophelia nunca me dijo exactamente qué era. Nunca me explicó de dónde venía su propio poder, ni por qué había elegido precisamente a una omega despreciada en medio de la nada para convertirla en lo que soy ahora. Solo decía, con esa sonrisa que nunca terminé de descifrar del todo:
—Algún día necesitaré algo de ti, Selene. Y espero que para entonces ya no dudes en dármelo.
Nunca me detuve a pensar, hasta ahora, qué era exactamente lo que le debía a cambio.
Abro los ojos de golpe, sacándome del recuerdo antes de que termine de formarse del todo.
El teléfono en la mesa de noche vibra.
Un mensaje. Un número que no tengo guardado, pero que reconozco de inmediato por el prefijo: es ella.
*"Vi que cruzaste el territorio de la Luna Negra. Espero que recuerdes nuestro acuerdo, querida. El tiempo se agota."*
Se me hiela la sangre.
Cinco años evitando pensar en el precio de mi poder, y ahora, justo cuando por fin había reunido el valor de enfrentar a Killian, Ophelia decide recordarme que nada en esta vida es gratis.
Escribo una respuesta, borro, vuelvo a escribir. Al final, no envío nada. No todavía. Necesito pensar, necesito entender exactamente qué está pidiendo antes de comprometerme a nada.
Pero en el fondo, en un lugar de mí que todavía recuerda lo que se siente estar completamente sola y desesperada, ya sé la respuesta.
Ophelia nunca pide poco.
Me levanto de la cama y camino hasta la ventana. Afuera, la luna llena ilumina el territorio de la Luna Negra a lo lejos, un recordatorio constante de todo lo que dejé atrás y todo lo que ahora debo enfrentar: a Killian, que quizás finalmente entienda lo que perdió, y a Ophelia, que viene a cobrar una deuda que yo firmé sin leer la letra pequeña.
Cierro los ojos y dejo que el instinto que Ophelia despertó en mí se extienda bajo la piel, ese poder oscuro que todavía no comprendo del todo pero que responde a mi voluntad como una segunda naturaleza.
Sea lo que sea que Ophelia quiera, tendrá que esperar.
Todavía tengo un Alfa al que hacer suplicar.