A la mañana siguiente, alguien golpea la puerta de mi habitación en el motel antes de que el sol termine de salir del todo.
Me levanto con cautela, cada sentido alerta, el poder que Ophelia me dio años atrás listo para responder ante cualquier amenaza. Pero cuando abro la puerta, no encuentro ninguna amenaza.
Encuentro a Killian.
Está de pie en el umbral, con la misma ropa de ayer, ojeras marcadas bajo los ojos grises que claramente no durmieron nada anoche. Por un segundo, ninguno de los dos dice nada. El silencio se estira entre nosotros, cargado de cinco años de todo lo que no dijimos.
—¿Cómo me encontraste? —pregunto finalmente, cruzándome de brazos.
—Marcus tiene contactos en toda la región. No fue difícil. —Hace una pausa, como si las siguientes palabras le costaran un esfuerzo físico—. Necesito hablar contigo. Es importante.
—Ya hablamos ayer. Fui bastante clara.
—Esto no es sobre nosotros. —Su voz cambia, se vuelve más urgente—. Es sobre Ophelia.
El nombre me golpea como un puñetazo directo al estómago. Doy un paso atrás, involuntario, y veo el momento exacto en que Killian registra mi reacción: la confirmación de que sé exactamente de quién está hablando.
—¿Cómo sabes ese nombre?
—Entonces es cierto. —Su expresión se endurece, no con enojo sino con algo que se parece más a la determinación—. Selene, necesito que me dejes entrar. Necesito que me cuentes todo.
Dudo. Cada instinto de supervivencia que he cultivado estos cinco años me grita que no confíe en él, que cierre la puerta y desaparezca antes de que Ophelia o cualquier otra amenaza pueda usar mi debilidad hacia Killian en mi contra.
Pero hay algo en su mirada, algo desesperado y honesto que no vi en él la última vez que estuvimos frente a frente, hace cinco años, cuando pronunció las palabras que rompieron mi mundo.
Me hago a un lado.
Killian entra a la pequeña habitación del motel, y de inmediato el espacio se siente más pequeño, más cargado con su presencia. Se sienta en la única silla disponible, y yo me quedo de pie, con los brazos cruzados, manteniendo la distancia que puedo.
—Habla —digo.
—Anoche descubrí que Ophelia tiene un patrón. Busca omegas rechazadas, les ofrece poder, y en algún momento viene a cobrar la deuda. —Me mira directamente—. Pero eso no es lo peor. Lo peor es lo que necesita para alimentar ese poder.
Siento que el aire se me atasca en la garganta.
—Vínculos rotos —completo, la voz apenas un susurro—. Se alimenta de vínculos rotos.
Killian asiente, despacio.
—Y de lo que ocurre cuando esos vínculos empiezan a sanar.
El silencio que sigue es denso, pesado, cargado de una implicación que ninguno de los dos quiere pronunciar en voz alta.
—Entonces si tú y yo... —empiezo, pero no logro terminar la frase.
—Si el vínculo entre nosotros empieza a repararse, le estaríamos dando exactamente lo que necesita —termina Killian por mí—. Cada paso que demos el uno hacia el otro podría ser lo que ella está esperando.
Me dejo caer sentada al borde de la cama, el peso de la revelación aplastando cualquier certeza que traía conmigo desde que crucé el territorio de la Luna Negra.
—Vine aquí para hacerte pagar por lo que hiciste —digo, más para mí misma que para él—. No para ponerte en peligro por lo que ella quiere.
—Selene. —Killian se inclina hacia adelante, y por primera vez desde que llegó, hay algo suave en su voz, algo que no había escuchado desde antes de aquella noche en el claro—. No me importa el peligro. Me importa que hayas cargado sola con esto durante cinco años. Me importa que hayas tenido que convertirte en alguien completamente distinta solo para sobrevivir a lo que yo te hice.
Las palabras me atraviesan de una forma que no esperaba, abriendo una grieta en la coraza que he pasado cinco años construyendo.
—No hagas esto —digo, la voz quebrándose apenas—. No finjas que te importa ahora, después de todo este tiempo.
—No estoy fingiendo. —Se levanta de la silla y da un paso hacia mí, despacio, como quien se acerca a un animal herido—. Cada noche de luna llena durante estos cinco años he sentido el hilo roto de nuestro vínculo tirando de mi pecho. Nunca dejé de sentirlo, Selene. Nunca dejé de saber que había cometido el error más grande de mi vida.
Quiero odiarlo. Quiero que sus palabras reboten contra la armadura que Ophelia me ayudó a forjar y no dejen ninguna marca.
Pero siento el mismo tirón que él describe, ese hilo invisible que nunca terminó de cortarse del todo, y por primera vez en cinco años, no sé si tengo la fuerza para seguir fingiendo que no me afecta.
—Si nos acercamos —digo, luchando por mantener la voz firme—, le damos a Ophelia exactamente lo que quiere.
—Entonces lo enfrentaremos juntos. —La certeza en su voz no deja espacio para dudas—. No voy a dejar que cargues con esto sola otra vez. Esta vez, sea lo que sea que venga, lo enfrentamos como una manada. Como lo que siempre debimos haber sido.
Lo miro, este hombre que rompió mi mundo hace cinco años y que ahora está de pie frente a mí, ofreciéndome exactamente lo que necesito escuchar en el peor momento posible para escucharlo.
—No confío en ti, Killian.
—Lo sé. —No aparta la mirada—. Pero puedes confiar en que no pienso dejarte enfrentar esto sola. Eso te lo puedo prometer, aunque no me creas nada más.
El hilo invisible entre nosotros se tensa, como si respondiera a la cercanía de sus palabras, y en algún lugar lejano, sé que Ophelia también lo siente.
El tiempo se agota, había dicho en su mensaje.
Ahora entiendo exactamente a qué se refería.