La tienda de mando de Lorenzo no olía a estrategia. Olía a matadero.
Entré.
El interior estaba iluminado por antorchas de grasa animal que chisporroteaban. El suelo estaba cubierto de pieles de oso y lobo, algunas todavía frescas.
Lorenzo estaba sentado en un trono hecho de cráneos y madera. Tenía una copa de vino en una mano y una pierna de cordero asada en la otra.
Al verme entrar, dejó caer la comida al suelo.
—Has venido —dijo, con una sonrisa que partió su cara cicatrizada—. Sabía que la p