Valentina salió del clóset vestida con un camisón corto y fino, con una bata abierta del mismo conjunto, y volvió al dormitorio, donde se sobresaltó al ver a Alexander sentado en la alfombra, recostado contra el sofá, ya bañado, en pijama y sosteniendo una almohada sobre el regazo, como un niño enorme que iba a pedir dormir con su madre.
Valentina lo miró con seriedad.
—¿Qué estás haciendo aquí? Dije habitaciones separadas—
—No duermo solo desde que nos casamos, y desde que volvimos de la luna