–Tú... tú la amas...– dijo Leila, y más lágrimas rodaron por su rostro.
–Ya dije que no es tan simple–
–¡Sí que es simple! ¡Te enamoraste de ella, traicionaste nuestro amor! ¡Y mientras yo era violada a diario, tú vivías feliz como su prometido!– Leila lloraba empujando a Alexander por el pecho.
–¡VETE DE AQUÍ! ¡VETE!!! No quiero volver a verte, ve con tu novia y ten una vida feliz que nunca tendrías con una huérfana hija de nadie, sin nombre ni nada, y que fue abusada por otros hombres, ¡vete!