La noche de la cena llegó y, como siempre que asistía a eventos sociales, Valentina estaba hermosa, bellísima y deslumbrante después de ser cuidada y preparada por las chicas que su madre había contratado, pues sabía que, si ella se arreglaba sola, no haría el menor esfuerzo.
Valentina bajó las escaleras como una reina: su cabello negro suelto, perfectamente ondulado y brillante; el maquillaje sin exagerar, pero llamativo y perfecto para la noche, con un hermoso delineado que resaltaba sus ojos