La noche de la cena llegó y, como siempre que asistía a eventos sociales, Valentina estaba hermosa, bellísima y deslumbrante después de ser cuidada y preparada por las chicas que su madre había contratado, pues sabía que, si ella se arreglaba sola, no haría el menor esfuerzo.
Valentina bajó las escaleras como una reina: su cabello negro suelto, perfectamente ondulado y brillante; el maquillaje sin exagerar, pero llamativo y perfecto para la noche, con un hermoso delineado que resaltaba sus ojos claros; los labios en un rojo vino, al igual que su vestido, y un bello conjunto de joyas de diamantes adornando su cuello descubierto, sus orejas y su muñeca. Simplemente una obra de arte capaz de hacer que cualquier hombre se rindiera a sus pies.
Mario sonrió y extendió la mano hacia su hija, quien lo miró con gesto de disgusto, consciente de que su propio padre estaba dispuesto a venderla por dinero, y continuó bajando las escaleras sola, ignorando la mano paterna.
—¿Ves? Ya naciste con esos