–¿Esto es alguna broma?– preguntó Alexander, mirando a su padre, que estaba de pie en su despacho, donde también se encontraba Sebastiano, sentado tranquilamente.
–¿Cómo que este bastardo va a trabajar aquí? ¿Ha perdido el juicio?–
–¡Mira cómo hablas, Alexander! ¡Sigo siendo el dueño y presidente de esta empresa! ¡Y esta fue mi decisión, ya está tomada!–
Alexander continuó mirando a su padre con expresión de no haberlo aceptado y como si estuviera dispuesto a hacer algo en contra.
Heitor suspiró. –Estoy haciendo negocios con los Bórgia en Italia, así que Sebastiano será su representante aquí. Será como un fiscal para verificar si nuestra empresa es segura para que su familia haga negocios con nosotros–
–¿Qué? ¿Qué absurdo es ese? Nunca hemos necesitado ningún “fiscal”. Si no confían, que se larguen y busquen a otros idiotas para hacer negocios– gruñó Alexander, mirando a su padre.
–Señor Heitor, si me permite decirlo: tiene usted un hijo muy rebelde, impulsivo y maleducado. ¿Cómo pued