La luz del sol de la mañana que atravesaba las ventanas del salón de la mansión Harrison no lograba calentar el cuerpo de Penelope. Permanecía de pie con la cabeza gacha, apretando con fuerza el dobladillo de la holgada camisa que llevaba puesta. Frente a ella, la señora Gable estaba sentada con porte rígido detrás del gran escritorio de madera, mirándola con una frialdad helada.
—¿Y bien? ¿Anoche lo conseguiste, señorita Bellrose? —preguntó la señora Gable, cruzando las manos sobre la mesa.
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