Mundo ficciónIniciar sesiónEl hombre no respondió de inmediato.
Una tenue sonrisa provocadora se dibujó en sus labios al percibir el pánico reflejado en los ojos de Penelope. Sus dedos se deslizaron suavemente por la mejilla de la joven, limpiando las lágrimas que aún permanecían en las comisuras de sus ojos con una delicadeza casi hipnótica.
—Christopher Donovan Blake —murmuró.
Su voz grave y ronca provocó un extraño escalofrío que recorrió toda la espalda de Penelope.
—Pero puedes llamarme Chris. Soy el tío de tu esposo, Adrian.
Los ojos de Penelope se abrieron de par en par.
¿Su tío?
¿Aquel hombre maduro, masculino y extraordinariamente carismático era el tío de Adrian?
Lo observó con desconfianza, intentando encontrar alguna señal de mentira. Sin embargo, la similitud entre la firme línea de su mandíbula y la de Adrian confirmaba sus palabras.
La diferencia era evidente.
Si Adrian era hielo capaz de congelarlo todo, Chris era fuego que consumía lentamente cuanto tocaba.
Sin pedir permiso, Chris deslizó un brazo bajo los hombros de Penelope y la ayudó a levantarse del frío suelo de roble.
El cuerpo curvilíneo de la joven, que a menudo ella misma consideraba pesado, pareció no representar ningún esfuerzo para él.
La cintura de Penelope aún le dolía por el golpe contra la mesita de noche. Sus piernas flaquearon y terminó apoyándose involuntariamente contra el amplio pecho de Chris.
—Ven conmigo —susurró él junto a su oído.
Antes de que Penelope pudiera protestar o recordar que Adrian seguía en el baño, Chris ya la estaba guiando.
Atravesaron una puerta oculta tras las cortinas de la habitación y recorrieron un silencioso pasillo hasta llegar a un amplio balcón que daba directamente a los jardines cubiertos por la niebla.
El aire nocturno de Londres golpeó de inmediato la piel de Penelope, apenas protegida por su fino pijama de seda.
Un escalofrío la recorrió.
Chris se quitó la chaqueta negra y la colocó sobre sus hombros.
El calor de la prenda la envolvió al instante, acompañado por un aroma masculino de madera y especias que resultaba embriagador.
—¿Por qué me ha traído aquí, señor Blake? Debo regresar. Esta es mi noche de bodas...
—¿Una boda por contrato? —la interrumpió Chris.
Apoyado con tranquilidad sobre la barandilla de mármol, la observó con aquellos ojos de halcón llenos de diversión.
—¿De verdad crees que ese hombre tan rígido va a tocarte? Adrian está consumido por los fantasmas de su pasado. Preferiría cortarse las venas antes que permitir que una mujer llevara a su hijo.
Penelope apretó los puños bajo la chaqueta.
—No tengo elección. Necesito que ese niño nazca para que este contrato termine.
Chris dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Hasta eliminar casi por completo la distancia entre ambos.
Penelope podía sentir el calor de su respiración.
—Podrías quedarte embarazada sin necesidad de acercarte a Adrian —murmuró.
El corazón de Penelope comenzó a latir con fuerza.
Levantó la mirada hacia el hermoso rostro de Chris, iluminado tenuemente por la luz de la luna.
—¿Cómo... cómo sería posible?
Chris inclinó ligeramente la cabeza y acercó los labios a su oído, enrojecido por el frío.
—Acuéstate conmigo.
Su voz fue apenas un susurro.
Baja.
Magnética.
Peligrosamente seductora.
—Después de todo, comparto la misma sangre Harrison que Adrian. Nuestra línea familiar es la misma.
Penelope se quedó completamente paralizada.
Su mente se quedó en blanco.
Estaba loco.
Completamente loco.
Aquel hombre le estaba proponiendo traicionar a su esposo.
Y precisamente en su noche de bodas.
Antes de que pudiera insultarlo o rechazarlo, Chris se movió con rapidez.
Sujetó suavemente sus hombros y la hizo girar.
En un instante, Penelope quedó de espaldas a él y atrapada contra la fría pared del balcón.
Su cuerpo se tensó.
La posición la dejó completamente inmovilizada.
El cuerpo fuerte y atlético de Chris se encontraba peligrosamente cerca, bloqueando cualquier posibilidad de escape.
—Déjeme...
La voz de Penelope salió apenas como un suspiro.
Chris permaneció inmóvil durante unos segundos.
Luego se inclinó ligeramente hacia ella.
Su cercanía resultaba inquietante.
Demasiado cercana.
Demasiado íntima.
El corazón de Penelope golpeaba con fuerza contra su pecho.
—Estás temblando, Dulzura —murmuró él junto a su oído—. ¿Es por miedo... o por otra cosa?
—N-no diga tonterías...
Penelope intentó apartarse, pero la pared detrás de ella se lo impedía.
La situación se volvió aún más alarmante.
En el contrato que acababa de firmar estaba claramente establecido que solo podía dar a luz a un hijo de Adrian Kane Harrison.
Si el consejo descubría cualquier irregularidad, todo se vendría abajo.
Y la vida de su madre estaba en juego.
El miedo terminó imponiéndose.
Reuniendo toda la fuerza que le quedaba, Penelope empujó con decisión para abrir espacio entre ellos.
Chris, sorprendido por su reacción, dio un paso atrás.
Ella no desperdició la oportunidad.
Se quitó la chaqueta de los hombros, dejándola caer al suelo, y salió corriendo por el oscuro corredor en dirección al dormitorio principal.
Chris no la siguió.
El hombre de treinta y cinco años permaneció en el balcón observando cómo desaparecía.
Después recogió tranquilamente su chaqueta.
Una sonrisa satisfecha apareció en su atractivo rostro.
—No podrás escapar de mí, Penelope Bellrose —murmuró para sí mismo.
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Penelope cerró la puerta comunicante y la aseguró desde dentro.
Apoyó la espalda contra la madera mientras intentaba recuperar el aliento.
Su pecho subía y bajaba frenéticamente.
Su corazón latía con tanta fuerza que parecía a punto de estallar.
Se llevó una mano a la nuca.
Todavía sentía la piel extrañamente caliente.
Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos.
Esta vez no eran por humillación.
Eran por miedo.
«Ese hombre... el tío de Adrian...»
Penelope tragó saliva.
«Es mucho más aterrador y peligroso que mi propio esposo.»
Adrian la atacaba con odio.
Chris, en cambio, era capaz de desarmarla con palabras, sonrisas y una confianza perturbadora.
¿Cómo iba a sobrevivir en aquella mansión rodeada por dos Harrison tan peligrosos?
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Mientras tanto, en el baño envuelto por el vapor, Adrian seguía de pie bajo el agua helada de la ducha.
El agua recorría su cabello oscuro y descendía por su rostro y su torso musculoso.
—¡Maldita sea! —rugió.
Su puño golpeó violentamente la pared de azulejos.
Cerró los ojos con fuerza.
Pero cuanto más intentaba borrar la imagen de Penelope, más nítida aparecía en su mente.
Su cuerpo sobre el suyo.
Su mirada desesperada.
Y aquel beso inesperado.
La sensación de aquellos labios suaves y cálidos parecía seguir grabada en los suyos, negándose a desaparecer incluso después de varios minutos bajo el agua fría.
Adrian soltó un gruñido de frustración.
Algo no estaba bien.
Durante años había sentido rechazo hacia cualquier mujer que intentara acercarse a él.
Los traumas vinculados a la maldición de su familia habían convertido el contacto femenino en algo insoportable.
Sin embargo, aquella noche había sido diferente.
Muy diferente.
¿Por qué su cuerpo había reaccionado de aquella manera?
¿Por qué la simple cercanía de Penelope había despertado una agitación tan intensa dentro de él?
Una sensación primitiva e indomable parecía haberse despertado en lo más profundo de su ser.
Y eso lo enfurecía.
—Solo es una mujer codiciosa que quiere mi dinero —se dijo entre dientes.
Intentó convencerse.
Intentó sofocar aquella extraña inquietud que crecía en su pecho.
—No debo tocarla. No permitiré que la maldita maldición de esta familia vuelva a cobrar otra víctima por mi culpa.







