El suave tintineo de los cubiertos al chocar contra los platos de porcelana era el único sonido que dominaba el comedor principal de la mansión Harrison aquella noche. La luz de la gran lámpara de araña de cristal suspendida sobre la larga mesa de madera proyectaba un brillo frío sobre toda la estancia.
Ante la presencia de los sirvientes, que permanecían erguidos en un rincón del salón, aquella cena debía continuar como una mera formalidad familiar. Sin embargo, la atmósfera alrededor de la me