El motor del deportivo plateado rugía suavemente mientras devoraba el asfalto de las carreteras periféricas de Londres a gran velocidad. Dentro del habitáculo insonorizado, la atmósfera era densa y opresiva.
Penelope había decidido girar completamente el rostro hacia la ventanilla, observando las hileras de árboles que se convertían en manchas borrosas al pasar. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, apretando con fuerza sus propios dedos para contener la ansiedad que se arrastraba lenta