Una pila de documentos correspondientes a la auditoría del primer trimestre del Harrison Group yacía esparcida sobre la elegante mesa de cristal del despacho de Adrian. Sin embargo, el hombre permanecía inmóvil, con la mirada perdida sobre las hojas que tenía delante. La exclusiva pluma Montblanc entre sus dedos no se había movido ni un milímetro durante casi treinta minutos.
Adrian cerró los ojos, intentando expulsar el agotamiento que lo consumía. Pero, en cuanto sus párpados descendieron, lo