El cuerpo de Adriana era un arco tenso bajo mi boca. Estaba temblando, a punto de romperse en pedazos, sus manos enredadas en mi cabello, tirando de mí mientras sus caderas se movían con una desesperación que me encendía la sangre.
—Alan... por favor —suplicó ella entre jadeos rotos, con lágrimas de placer acumulándose en los bordes de sus ojos—. Por favor, ya...
Sabía que estaba a un segundo del clímax. Quería saborear su explosión, quería sentir cómo se derretía contra mi lengua. Me preparé p