El aire de Roma al atardecer solía ser mi momento favorito del día, pero esa tarde, mientras empujaba las pesadas puertas de cristal del Hospital Central para salir a la calle, sentí que la ciudad entera me asfixiaba.
El calor del asfalto irradiaba a través de las suelas de mis zapatos deportivos. Caminé hacia la estación de metro como un autómata, esquivando a los turistas y a los vendedores ambulantes sin verlos realmente. Mi mente estaba atrapada en un torbellino de dos fuerzas que colisiona