REY DE OROS. CAPÍTULO 9. Un angelito oscuro
REY DE OROS. CAPÍTULO 9. Un angelito oscuro
Alaric salió disparado de la mansión como si hubiera visto un fantasma. No habían pasado ni treinta segundos desde que la había visto en la pantalla de la tableta de seguridad, descolgándose en una sábana trenzada por el balcón como una fugitiva de caricatura.
—¡Pero qué demonios hace esa mujer! —rugió Alaric con frustración mientras corría hacia su coche.
¡Su esposa en moto!
¡Y encima con otro tipo!
Y Cedric, que no pensaba perderse el espectáculo, saltó tras él y se coló en el coche por la ventana, con la agilidad de un gato borracho, literalmente con medio cuerpo dentro y los pies para arriba.
—¡Arranca, arranca! —gritó, acomodándose en el asiento como si estuvieran en una persecución de película—. ¡Vamos, Alaric, que no te vea!
Pero el recién sinnestrenar esposo no necesitaba más estímulo: giró la llave y el motor rugió con tanta fuerza que despabiló a un par de sirvientas que aún recogían copas vacías del banquete. Sus ojos se abriero