JOKER. CAPÍTULO 32. La amenaza de un Kobayashi
JOKER. CAPÍTULO 32. La amenaza de un Kobayashi
El almacén estaba casi a oscuras, iluminado apenas por un par de focos industriales que colgaban del techo y lanzaban una luz fría, impersonal, sobre el suelo de cemento. El aire olía a polvo, metal viejo y humedad, como si nadie hubiera entrado ahí en años, y el eco de los pasos resonaba con una claridad incómoda.
Kenichi estaba apoyado contra una columna, con los brazos cruzados, observando al hombre atado a una silla en el centro del espacio. Tenía la camisa rota, el rostro hinchado y una expresión que mezclaba desafío con un miedo mal disimulado. Cuando Akira entró, Hiroshi Tanaka levantó la cabeza con dificultad.
Akira no dijo nada al principio. Caminó despacio alrededor de él, estudiándolo como quien examina una pieza defectuosa. Su rostro estaba tranquilo, demasiado tranquilo, y eso era lo que más inquietaba.
—No voy a hablar —escupió Tanaka, con voz ronca—. Pueden hacer lo que quieran. No diré quién me contrató.
Akira se detuvo fr