El socio observó a Vittorino durante unos segundos antes de hablar. Se habían apartado del bullicio de la oficina, junto a una ventana que daba a la ciudad.
—No te entiendo, Vitto —dijo al fin, sin rodeos—. Llevo días viéndote… distinto. Radiante. Con energía. Siempre con Alejandra a tu lado. Te juro que pensé que entre ustedes estaba pasando algo serio.
Vittorino esbozó una sonrisa breve, cansada. De forma confesional, tenso y revelador, comento sobre su dualidad emocional de él y su comportamiento los últimos dias
—¿Eso parecía?
—Más que parecía —respondió el socio—. Caminaban juntos, reían, te veía ligero… como si nada te pesara. Tenías juego, Vitto. Vida. Y hoy… —hizo un gesto con la mano— hoy estás inquieto, ausente. No eres el mismo de estos últimos días.
Vittorino apoyó los codos sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro.
—Tengo un problema con mi familia —admitió en voz baja—. Uno que no me deja respirar.
El socio guardó silencio, dándole espacio.
—Es una situación que