Vittorino caminaba de un lado a otro al final del salón de reuniones, incapaz de concentrarse. Las voces a su alrededor se mezclaban con un solo pensamiento que no le daba tregua: Santi.
Se acercó a su amigo y unos de sus socios más allegados le dijo en voz baja.
—Necesito que me cubras unos minutos —dijo con urgencia—. Ahora.
—¿Pasa algo? —preguntó él, al notar su expresión.
—Mi hijo… —respondió Vittorino, sin más explicaciones—. Tengo que llamarlo y no logro comunicarme, este notando la intra