Vittorino caminaba de un lado a otro al final del salón de reuniones, incapaz de concentrarse. Las voces a su alrededor se mezclaban con un solo pensamiento que no le daba tregua: Santi.
Se acercó a su amigo y unos de sus socios más allegados le dijo en voz baja.
—Necesito que me cubras unos minutos —dijo con urgencia—. Ahora.
—¿Pasa algo? —preguntó él, al notar su expresión.
—Mi hijo… —respondió Vittorino, sin más explicaciones—. Tengo que llamarlo y no logro comunicarme, este notando la intranquilidad de su socio y amigo asintió con la cabeza, Vittorino sin esperar respuesta, salió de la sala y marcó de inmediato el número de su madre. . .Nada.
Volvió a intentar. Y otra vez.
—Vamos… —murmuró entre dientes.
A la cuarta llamada, la línea respondió.
—¿Mamá? —dijo, con el aliento contenido.
—Vittorino —respondió Alice, con un tono cansado—. Te estaba esperando.
—Pásame a Santi, por favor —pidió de inmediato—. Necesito seguir hablando con él. Ahora.
Hubo un breve silencio al otro