La habitación de la hostería estaba en calma, demasiado en calma para el torbellino que Amanda sentía por dentro. La maleta abierta sobre la cama era una confesión muda: su partida era real, inminente. Barcelona la esperaba… o al menos eso se repetía para reunir fuerzas.
Marcó el número de Vittorino una vez más. Nada. El teléfono volvió a su silencio implacable. Respiró hondo y, con un nudo en la garganta, decidió llamar a las oficinas de las empresas Giordani. Contestó una voz femenina, correc