La habitación de la hostería estaba en calma, demasiado en calma para el torbellino que Amanda sentía por dentro. La maleta abierta sobre la cama era una confesión muda: su partida era real, inminente. Barcelona la esperaba… o al menos eso se repetía para reunir fuerzas.
Marcó el número de Vittorino una vez más. Nada. El teléfono volvió a su silencio implacable. Respiró hondo y, con un nudo en la garganta, decidió llamar a las oficinas de las empresas Giordani. Contestó una voz femenina, correcta, distante.
—Oficinas Giordani, buenos días.
—Buenos días… habla Amanda Giordani —dijo, dudando apenas—. ¿Podría comunicarme con Vittorino, mi esposo, por favor?
Hubo un breve tecleo, una pausa demasiado larga.
—Lo siento, signora Amanda. El signore Giordani se retiró hace un rato.
—¿Se retiró? —repitió ella, sintiendo cómo algo se tensaba en su pecho—. ¿Sabe cuándo regresará?
—No lo sabemos. Salió acompañado de la vicepresidenta, la signora Alejandra. Ambos no han vuelto a la oficina.
Amanda