Vittorino cerró la puerta de su despacho y apoyó la espalda contra ella unos segundos, como si necesitara asegurarse de que estaba solo.El teléfono seguía encendido en su mano. La primera imagen apareció sin que él la buscara. Amanda y Fram. Un abrazo que parecía natural, cómodo, demasiado cercano.
Vittorino sintió el golpe en el pecho, seco, inmediato. Deslizó el dedo con lentitud, casi con miedo.
La siguiente foto fue peor. Fram inclinándose hacia Amanda, su rostro cerca del de ella, un beso en la mejilla que, congelado en ese ángulo, parecía más íntimo de lo que quizá había sido. Amanda sonreía. No una sonrisa forzada. Una real.
Vittorino apretó la mandíbula. . . No gritó.No lanzó el teléfono. No dijo nada.
El silencio fue más cruel. Luego vino la tercera imagen. Santi, su hijo. En brazos de Fram, riendo, relajado, confiado como solo los niños saben estar cuando se sienten seguros.
Ahí fue cuando el dolor cambió de forma. No fue solo celos. Fue mucha incerditumbre
—No… —murmuró,