Alejandra con un golpe seco, dejo caer su teléfono celular sobre su escritorio. La frialdad de Alice aún le ardía y le quemaba la piel. No fue un grito, ni una acusación directa. Fue peor: esa distancia firme, esa decepción silenciosa que la colocaba del lado equivocado de la historia.
—Se puso de su parte… —murmuró con rabia—. De ella.
Caminó hasta el ventanal y observó por el ventanal de las oficinas de los Giordani, donde aún se encontraba Alejandra. Estaba molesta porque ella durante años