La noche había caído sobre Villa Giordani con un silencio extraño, espeso. Vittorino caminaba por el corredor como un alma errante cuando escuchó la voz de su madre llamarlo con suavidad.
—Vittorino… ven un momento.
Alice estaba sentada en la pequeña sala contigua al jardín interior. Tenía las manos entrelazadas y el rostro sereno, pero en sus ojos había una inquietud que él conocía bien. Esa misma mirada que tenía cuando algo amenazaba a los suyos.
Vittorino se sentó frente a ella, cansado, vencido.
—Mamá… —dijo en voz baja.
Alice no fue directa de inmediato. Lo observó con detenimiento, como si quisiera leer en su rostro todo lo que él no estaba diciendo.
—Los rumores no cesan —comenzó—. Cambian de forma, de boca… pero siempre apuntan al mismo lugar.
Vittorino apretó la mandíbula.
—A Amanda —respondió.
—Y a Santi —añadió ella con firmeza—. Porque cuando se ataca a una madre, el daño siempre alcanza al hijo.
Ese comentario lo golpeó con fuerza. Vittorino bajó la mirada.
—Tengo muchas