–VITTO! –protestó Amanda, en un susurro, y lo movió como pudo por el hombro.
–¿UH? –musitó él, entreabriendo los ojos.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó ella.
–Durmiendo –replicó él, cerrando los párpados otra vez–. Y te digo que hagas lo mismo.
–¡Sal de mi cama!
–Lo siento, porque pienso quedarme aquí. Ya se te olvido como estabas, no te podía dejar sola y Santi necesitaba mi presencia para tranquilizarse. Así que, cara. Acepta una situación que has creado tú misma. Cállate y duérmete antes de que yo me despierte completamente y empiece a pensar en otras cosas que podríamos hacer para pasar lo que queda de noche.
–¡Y que te hace creer! –exclamó ella, sin poder creerse lo que estaba oyendo–.
–¿Qué, . . . que todo eso te da el derecho de meterte en mi cama?
–La arrogancia –respondió él, de un modo que hizo que Amanda casi se pone a reír.
–Vete de mi cama –insistió ella, a pesar de todo, dándole otro empujón en el hombro.
–Si me muevo, Amanda, te arrepentiras–la advirtió él.
Ella reco