El tiempo siguió su curso, toda la familia ya estaba en Napoles. La convivencia avanzaba, no con prisa. No con dramatismo. Sino con esa calma que solo llega después de las tormentas. Los días se llenaron de rutinas nuevas. Despertar con el sonido suave del bebé. Las risas de Santi corriendo por la villa. Las conversaciones compartidas en la cocina. Pequeños momentos. Pero constantes.
Amanda ya no miraba a Vittorino con duda constante. No porque hubiera olvidado. Sino porque había decidido… reco