Un año después… El sol entraba con suavidad por las ventanas de la casa en Barcelona. No había prisa. No había tensión. Solo vida.
La casa estaba llena de sonidos. Risas. Pasos pequeños corriendo por el pasillo.
Voces que ya no temían romper el silencio.
Amanda se encontraba en la habitación, sosteniendo en brazos a su hijo recién nacido. Un niño. Fuerte. Sereno. Lo miraba con una mezcla de amor y asombro. Como si, incluso ahora, no terminara de creer todo lo que habían construido.
—Es igual a