Amanda intentaba hablar con Vittorino sobre el viaje, lo había intentado tres veces desde la mañana, cada intento quedaba truncado. El viaje a Nápoles, que días atrás solo un compromiso, ahora se había convertido en una encrucijada emocional que la asfixiaba.
Al encontrarlo revisando unos documentos en el salón, Amanda se acerco y le preguntó—Vittorino… ¿tenemos un momento para hablar del viaje? —preguntó con una voz tensa pero suave.
Él levantó la mirada. Había en su expresión una cordialidad medida, casi estudiada, como si cada gesto estuviera sometido a un control interno.
—Claro, Amanda. Dime.
Ella abrió los labios y los cerró de inmediato. No sabía cómo explicar que su mente era un torbellino de culpa, sospechas y emociones que no terminaba de entender. Finalmente murmuró:
—Quizás podamos reorganizar algunos detalles… no sé si sea el mejor momento para viajar.
Vittorino la observó con una mezcla de sorpresa y cautela. Sus ojos, habitualmente cálidos, parecían ahora dos espejos do