Amanda pasó la noche en vela. Intentó dormir, cerrar los ojos, respirar… pero cada vez que lo hacía, la conversación con Vittorino volvía entera, como un eco persistente que no la dejaba encontrar paz.
“Fran me ofrece una vida tranquila…”
-“Pero lo amas.”,. . .“Solo quiero que estés bien… aunque no sea conmigo.”
Esas frases chocaban entre sí dentro de su mente como olas contra rocas. Se levantó varias veces de la cama, tomó agua, caminó por la habitación con pasos silenciosos… pero la sensación no desaparecía: una mezcla amarga de culpa, nostalgia y confusión.
Porque era cierto. Fran le daba estabilidad, dulzura, respeto. Era todo lo que cualquier mujer sensata elegiría.
Pero su corazón… su corazón seguía repitiendo un nombre que ella prefería no escuchar.
Y como si todo eso fuera poco, ahora tenía encima la decisión del viaje a Nápoles.
Vittorino había sido claro: -“Si vas y tu decides, iremos solo por Santi . Si decides no ir, lo respetaré.”
Pero la sola idea de viajar con él, co