UN VALS SUENA A LO LEJOS.
Abracé a Arturo y me acurruqué en su pecho, enseguida noté su sorpresa, sus manos seguían en el aire sin saber qué hacer, hasta que lentamente se relajaron hasta colocarlas en mi espalda. La energía y el calor que me transmitía su cuerpo no me eran desconocidos, y aunque en mi cabeza solo hubiera sombras, podría jurar que le había visto; entonces otras imágenes fueron surgiendo mientras permanecía acurrucada en su pecho; de a pedazos llegaban las escenas formadas en la casa de Libia Aristimund