LA ROSA DE JÉRICO.
Sentí de nuevo la seducción que producía su rostro irreal, sin embargo, el amor tan marcado que profesaba mi alma por mi hermano Adrián era la espada que cortaba aquel sortilegio, logrando que yo fuera inmune a sus encantos físicos. Continué descendiendo los escalones de la escalera con la mirada del conde fija en mí. Sus ojos retadores no dejaron lugar a dudas, mientras yo surcaba laberintos de autocontrol, jugando a ser el cordero que era cazado por aquel león. Mi hora llegó, pasaba de un