LA BELLEZA IRREAL DE ARTURO PALACIOS.
—No traigo nada —dije en un hilo de voz, pero, aun así, el temblor de mi voz era muy notorio.
—Si no le hubieran gustado, se habrían lanzado contra usted; mis lobos no tienen contemplación cuando intuyen algo que no les gusta y por lo visto usted ha pasado la prueba.
—Su caballo no sintió lo mismo —el conde enarcó una ceja.
—Usted lo agredió, pero la trajo hasta aquí —me recordó, luego se levantó y los lobos retrocedieron; ahora el conde estaba parado frente a mí.
No pude apartar la m