Gaia
El aire en este lugar no se puede respirar; se siente como ceniza ardiendo directamente en mis pulmones. Caminaba con las piernas temblorosas, obligada a avanzar por un pasillo infinito donde las paredes parecían exudar una angustia antigua que se me pegaba a la piel. Frente a mí, la espalda de Astharoth se alzaba como un muro de hierro infranqueable. Su armadura negra absorbía la escasa luz, ocultando cualquier rastro de humanidad y recordándome, a cada paso, que él no era un hombre, sino el final de todo lo que amo.
De pronto, el pasillo se abrió a un claro inmenso y dantesco. La escena era una pesadilla hecha realidad. Miles de demonios y criaturas deformes, con alas membranosas y cuerpos retorcidos, poblaban las rocas y las aguas estancadas de este Purgatorio. Al ver a su señor, un rugido ensordecedor de victoria sacudió el aire, un sonido gutural que celebraba mi caída y la extinción de mi luz.
Tropecé, aturdida por el ruido y el hedor a muerte, pero no hubo compasión par