Gaia
Cuando entramos en la habitación, el silencio se vuelve denso, cargado de una electricidad que no sentíamos hace meses. Conan me ayuda a ponerme de pie junto a la cama, sus movimientos son lentos, casi reverentes, como si tuviera miedo de romperme, o quizás, de romperse él mismo. Me quedo inmóvil, sin saber qué hacer.
Sus manos, grandes y callosas por el entrenamiento, rodean mi cintura. Me atrae hacia él con una firmeza que hace que mis miedos retrocedan un paso. Cuando sus labios encuentran los míos, el beso es suave, pero carga con el hambre de quien ha estado perdido en un desierto. Lo respondo con timidez, mientras su lengua se mueve dentro de mi boca y provoca que pierda el aliento, en cuanto nos separamos lucho para que el aire llegue a mis pulmones.
Él desciende a mi cuello, y cada beso es como un choque eléctrico que recorre mi espalda, obligándome a buscar aire jadeando desesperadamente. Cuando los tirantes de mi camisón se deslizan y la seda cae al suelo, me siento