Gaia
Cuando entramos en la habitación, el silencio se vuelve denso, cargado de una electricidad que no sentíamos hace meses. Conan me ayuda a ponerme de pie junto a la cama, sus movimientos son lentos, casi reverentes, como si tuviera miedo de romperme, o quizás, de romperse él mismo. Me quedo inmóvil, sin saber qué hacer.
Sus manos, grandes y callosas por el entrenamiento, rodean mi cintura. Me atrae hacia él con una firmeza que hace que mis miedos retrocedan un paso. Cuando sus labios encue