El reloj marcaba las siete y cuarto cuando Danna abrió los ojos, y por primera vez en veinticinco días, no sintió el peso familiar de la resignación aplastando su pecho. Algo había cambiado durante la noche, una chispa diminuta que se negaba a extinguirse. No hoy, se dijo mientras se incorporaba en la cama que había llegado a odiar. Hoy peleo.
La rutina matutina había sido la misma durante semanas: María, la empleada de mediana edad con ojos perpetuamente nerviosos, traía el desayuno a las ocho