Danna entró a la Editorial Vidal como un huracán desatado.
La seguridad la reconoció—cómo no iban a hacerlo, si su rostro estaba en cada pantalla de España. La dejaron pasar con miradas incómodas que intentaban no cruzarse con la suya.
El ascensor subió demasiado lento. Los pisos pasaban. Su reflejo en el espejo metálico le mostró una verdad brutal: ojos rojos e hinchados, cabello sin lavar, ropa arrugada que había usado durante dos días seguidos. Una ruina humana caminando.
Las puertas se abrie