El olor tibio y dulce a panqueques se esparcía por el ático cuando Danna bajó a las ocho de la mañana, como si la casa respirara una calma que ella no merecía. Sophia estaba en la cocina, el cabello recogido en un moño desordenado que dejaba escapar mechones rebeldes, el delantal manchado de harina, volteando panqueques dorados con la meticulosidad de un cirujano que sabe que cualquier detalle importa.
Liam estaba sentado en la barra, un periódico financiero completamente extendido frente a él,