Igor Petrov había aprendido a leer a las personas como otros leían periódicos. Treinta años en inteligencia militar le habían enseñado que los detalles más pequeños revelaban las verdades más grandes. Ahora, sentado frente a su laptop en el estudio improvisado de la casa de Remuera, esos instintos gritaban alarmas que no podía ignorar.
Sarah Martin. El nombre parpadeaba en la pantalla como una advertencia.
Comenzó por lo básico. Facebook: quinientos amigos, fotografías que se remontaban a ocho