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La luz matutina de Auckland se filtraba por las cortinas del dormitorio cuando Emma Harrison terminó de vestir a Leonardo con su conjunto más abrigado. Cuatro meses habían transformado al bebé prematuro en un pequeño explorador de mejillas sonrosadas que observaba el mundo con curiosidad creciente. Sus ojos, del mismo verde intenso que los de su padre, seguían cada movimiento con una atención que a veces resultaba inquietante.

—¿Seguro que está bien que lo saque? —preguntó Emma por tercera vez
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