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La quietud del hospital a las dos de la madrugada tenía una cualidad particular que Igor había aprendido a reconocer después de tantos años en este negocio. No era silencio completo —los monitores seguían emitiendo sus pitidos rítmicos, las máquinas de ventilación susurraban su trabajo constante, los pasos ocasionales de las enfermeras resonaban en los corredores— sino una pausa vigilante, como si el edificio entero contuvier

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