Nicolás
Me dejaron en una sala pequeña después de la pelea, con dos guardias de seguridad apostados en la puerta, como si fuera un criminal. La sangre de mi labio partido goteaba sobre mi camisa, pero no me importaba. Mi mente era un torbellino de rabia y frustración. Jhoss... ese maldito se había llevado todo de mí, y ahora también quería a mi hija.
Una enfermera entró con una bandeja de primeros auxilios, su rostro amable pero tenso.
—Señor, déjeme limpiarle las heridas —dijo con voz baja.
No