Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche se había vuelto algo vivo. Respiraba fríamente por las rendijas de las ventanas del sótano, se deslizaba bajo la fina manta de Della y se aferraba a su cuerpo como una segunda piel. Pero el frío no era nada comparado con el fuego que ardía en su pecho. Desde aquel momento en el pasillo, desde los dedos de Bryan en su barbilla, desde aquel vínculo imposible y prohibido que se había enredado en su corazón como una cadena de brillante luz de luna, ya no podía respirar como antes.
Yacía en su estrecho catre en las habitaciones de servicio, con los ojos bien abiertos, mirando fijamente la oscuridad. Cada latido del corazón parecía un tambor de advertencia. Vete. Huye. Escóndete. ¿Pero adónde? La manada se extendía por cientos de kilómetros cuadrados de bosques helados y montañas escarpadas. E incluso si huía, este vínculo la encontraría. Ya la atraía, una llamada silenciosa e implacable, arrastrándola hacia la casa de huéspedes donde se alojaba el príncipe Bryan.
Se presionó las palmas de las manos contra los ojos hasta que brillaron manchas de colores. «Piensa en Georgia», se ordenó. «Solo piensa en Georgia».
Su media hermana dormía dos pisos más arriba, en una habitación de seda y luz de velas. Probablemente soñaba con la inminente ceremonia, con la corona de luz de luna que le colocarían en la cabeza, con el amor de un alfa fuerte. Georgia se lo merecía todo. Nunca había conocido otra cosa que bondad y anticipación. Y ahora este monstruo planeaba usarla como yegua de cría y luego desecharla.
Della rodó de lado, llevando las rodillas hacia el pecho. Sus dedos se hundieron en la áspera manta de lana. Tenía que hacer algo. Cualquier cosa. ¿Pero qué? Estaba impotente. Sin marca. Sin rango. Sin voz. Solo una sirvienta, fácil de olvidar.
Y aún así Bryan la había visto.
No solo la había visto. La había olido. La había sentido. Había sentido ese vínculo, igual que ella.
El recuerdo de su voz le provocó un escalofrío. Áspera. Profunda. Peligrosa. «Te huelo. Miedo. Y deseo».
Se mordió el labio hasta que sintió el sabor de la sangre.
De repente, un ruido. Silencio. Deliberadamente silencioso. Pasos en la escalera de piedra que bajaba al sótano.
Della se quedó congelada.
Nadie venía aquí de noche. Ni siquiera los guardias. El sótano era frío, húmedo y lleno de ratas. Un lugar para cosas olvidadas.
Los pasos se hicieron más fuertes. Lentos. Deliberados.
Luego silencio.
Della contuvo la respiración.
Una sombra se coló por el estrecho hueco bajo la puerta. Grande. Ancha. Inconfundible.
El mango se movió.
La puerta se abrió silenciosamente.
Entró el príncipe Bryan.
Ya no llevaba abrigo. Solo la camisa negra, con las mangas arremangadas, de modo que sus vigorosos antebrazos brillaban a la tenue luz de la luna. Sus botas dejaron huellas húmedas en el suelo de piedra. Cerró la puerta tras él sin mirar.
Della se incorporó de golpe. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
"¿Qué quieres aquí?" Su voz sonaba débil y temblorosa.
No respondió de inmediato. En cambio, dejó que su mirada vagara por la diminuta habitación. La cama estrecha. La mesa desvencijada. El cubo en la esquina. El gancho oxidado en el techo, donde quizás alguna vez había colgado un prisionero.
—¿Vives aquí? —preguntó finalmente. No había compasión en su voz. Solo una fría curiosidad.
"¿Dónde más?"
Se acercó más. Un paso. Otro. La habitación se encogió.
Della se cubrió con la manta como si fuera un escudo. Ridículo. Como si la tela pudiera detenerlo.
Bryan se detuvo justo frente a la cama. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Tan cerca que su aroma la envolvía. Pino. Tormenta. Y debajo de todo, esa fragancia oscura y animal que la hacía aullar como un lobo.
“Tienes miedo”, observó.
"¿No debería?"
Sus labios se crisparon. Ni una sonrisa. Algo más peligroso.
—La mayoría de la gente me tiene miedo —dijo en voz baja—. Pero contigo es diferente. Tu miedo tiene… sabor.
Della tragó saliva con dificultad. "Vete. Por favor."
"No."
Una sola palabra. Final.
Se sentó en el borde de la cama. La madera crujió bajo su peso. Della retrocedió hasta que su espalda golpeó la fría pared de piedra.
"¿Por qué tiemblas así?", preguntó. Su voz era más baja ahora. Casi dulce. Pero esa suavidad era como una espada a punto de atacar.
"Porque me matarás", susurró.
—Quizás. —Inclinó la cabeza—. Quizás quiero saber por qué me miras así, como si me odiaras y me devoraras al mismo tiempo.
"No te odio", mintió.
—Mentirosa. —Le tendió la mano. Lentamente. Para que pudiera escapar. Pero Della no podía moverse.
Sus dedos rozaron su mejilla. Fresco. Áspero. Electrizante.
El vínculo entre ellos prácticamente explotó. Un calor inundó sus venas. Se le atascó la respiración. Un suave gemido involuntario escapó de su garganta.
Bryan respiró profundamente.
—Ahí está otra vez —murmuró—. Ese olor. Tu lobo. Está llamando al mío.
—No —susurró—. No puede ser. No tengo marca. No soy nada.
—Y aun así estás aquí. —Deslizó la mano hasta su nuca. Sus dedos se hundieron en su cabello. No con dolor, sino con firmeza—. Y aun así te siento con cada maldita respiración.
Della cerró los ojos. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
"Georgia", susurró. "Quieres destruir Georgia".
Sus dedos se congelaron.
—Georgia es un medio para un fin —dijo con frialdad—. Nada más.
"Ella es un ser humano. Tiene sentimientos. Confía en ti."
"La confianza es una debilidad."
Los ojos de Della se abrieron de par en par. La ira la invadió, más intensa que el miedo.
"Entonces eres un monstruo."
Una risa oscura vibró en su pecho.
"Por fin dice la verdad."
La atrajo hacia sí. Tan cerca que sus narices casi se tocaron.
"Dilo otra vez", ordenó bruscamente.
"Eres un monstruo."
Sus ojos casi se volvieron negros por la emoción.
"Y aún así me deseas."
"No."
"Mentiroso."
Él la besó.
No fue un beso suave. Fue un ataque. Una exigencia. Sus labios se presionaron con fuerza contra los de ella, exigentes, hambrientos. Della jadeó. Levantó las manos, intentando apartarlo. Pero en cambio, sus dedos se hundieron en su camisa, acercándolo más.
La banda cantó. Fuerte. Salvaje. Imparablemente.
Bryan gruñó desde lo más profundo de su garganta. Un sonido que resonó por todo su cuerpo. Su lengua se hundió en su boca, conquistándola, saboreándola, reclamándola. Della sintió el sabor de la tormenta, la sangre y el deseo. Le devolvió el beso, aunque todo en su interior le gritaba que estaba mal. Peligroso. Mortal.
Sus manos se deslizaron bajo la manta. Encontró piel desnuda. Las ásperas yemas de sus dedos rozaron sus costillas, su vientre, más arriba. Della se arqueó hacia él, con un sollozo ahogado en la garganta.
De repente, retrocedió. Solo unos centímetros. Lo suficiente para mirarla.
Sus ojos brillaban.
—Dime que pare —gruñó—. Dilo. Ahora mismo.
Della estaba temblando por todas partes.
"I..."
Su voz se quebró.
"No puedo."
Se le escapó un gruñido animal. Al instante siguiente, estaba encima de ella. La cama crujió en protesta. Sus manos arrancaron las sábanas. El aire fresco tocó la piel caliente. Della jadeó.
Bryan le levantó el camisón raído. La tela se rasgó. Sus labios encontraron su cuello. Sus dientes rozaron el lugar donde normalmente estaría la marca de nacimiento. Della gritó suavemente. No de dolor. De puro y abrumador deseo.
"Me perteneces", susurró contra su piel. "La cinta no miente".
—No —gimió—. Georgia…
—Deja de pensar en ella. —Su mano se deslizó entre sus muslos. Posesiva. Exigente—. Solo piensa en mí.
Della se inclinó hacia él. Las lágrimas le corrían por las sienes y el pelo. Se odiaba a sí misma. Lo odiaba a él. Y, sin embargo, no podía detenerse.
Sus dedos encontraron su punto más íntimo. La acariciaron. La presionaron. Della dejó escapar un suave grito. Su cuerpo tembló. La banda latía al ritmo de su corazón.
Bryan levantó la cabeza. La miró a los ojos.
"Di mi nombre", ordenó.
"Bryan…"
La recompensó con una profunda y fuerte embestida de sus dedos. Della arqueó la espalda. Las estrellas estallaron tras sus párpados.
"Una vez más."
"¡Bryan!"
La tomó con los dedos, rápido, sin piedad, hasta que ella tembló, gimió y suplicó. Entonces se retiró. Se desabrochó los pantalones. Della la miró fijamente. Grande. Duro. Amenazante.
El miedo y el deseo se mezclaron en algo insoportable.
—Última oportunidad —gruñó—. Di que no.
Della cerró los ojos.
"Por favor", susurró.
"Por favor ¿qué?"
"Llévame."
Un último gruñido animal.
Luego la penetró.
Duro. Profundo. Implacable.
Della gritó. El dolor y el placer se fundieron. La cinta explotó. Un calor abrasador la inundó. Bryan se movió dentro de ella, poderoso, dominante. Cada embestida, una reivindicación. Cada beso, una promesa de fatalidad.
Della se aferró a él. Las uñas se le clavaron en la espalda. Las lágrimas le corrieron por el rostro. Lo sentía en todas partes. Dentro de ella. A su alrededor. En su alma.
Cuando el clímax la abrumó, gritó su nombre. Fuerte. Desesperadamente. Bryan la siguió segundos después. Un rugido profundo y primario se le escapó. Se corrió dentro de ella. La marcó desde dentro.
Luego silencio.
Solo respiración agitada. Sudoración. Temblores.
Bryan casi se apartó de ella, pero permaneció dentro. Su frente cayó contra la de ella. Respiraba agitadamente.
"Eres mía", susurró.
Della lloró suavemente.
"No debo."
"Demasiado tarde."
Él le secó las lágrimas con un beso. Suavemente. Casi con ternura. Un contraste con la brutalidad de antes.
"¿Qué has hecho?" susurró.
"Lo que el destino nos ha exigido."
"Georgia..."
—Vivirá —dijo con dureza—. Pero nunca volverá a ser Luna. Nunca más.
Della se quedó congelada.
"¿Qué quieren decir todos ustedes?"
Bryan levantó la cabeza. Su mirada ya estaba clara. Fría. Calculadora.
—Lo he decidido —dijo—. La alianza con tu padre ha terminado. Georgia no es la indicada. Tú sí.
Della rió amargamente. Las lágrimas corrían por su rostro.
"¿Yo? ¿La sin marcar? ¿La hija bastarda? La manada me hará pedazos."
"Entonces morirán por mi culpa."
Las palabras quedaron pesadas en el aire.
Della lo miró fijamente. Vio la locura en sus ojos. La posesividad. La determinación absoluta.
"Estás loco", susurró.
—Quizás. —Le apartó un mechón de pelo de la cara—. Pero no pienso soltarte otra vez.
De repente, un ruido. Pasos. Rápidos. Muchos.
Voces. Guardias.
Bryan se quedó congelado.
"Maldito."
Él se apartó de ella. Se quedó de pie, protector, frente a la cama. Se subió los pantalones.
La puerta se abrió de golpe.
Alpha Victor estaba dentro del marco. Detrás de él había una docena de guardias armados. Las antorchas proyectaban una luz parpadeante.
Su mirada se posó en Della. Desnuda. Despeinada. Lágrimas en las mejillas. En Bryan. Camisa abierta. Cabello despeinado. El olor a sexo y sangre flotaba en el aire.
El rostro de Víctor se contorsionó por la ira.
—Te atreves —siseó—. En mi casa. Con mi... sirviente.
Bryan sonrió fríamente.
—¿Tu sirvienta? —Dio un paso al frente, parándose protectoramente frente a Della—. Ahora me pertenece.
Víctor se rió feamente.
"No tiene ninguna marca. No es nada."
Bryan inclinó la cabeza.
—Entonces explícame por qué mi lobo la reconoció como su compañera.
Silencio.
Silencio mortal.
Víctor se puso pálido.
"Imposible."
Bryan levantó a Della y la envolvió con la manta. Temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie.
—Mañana al amanecer —dijo Bryan con calma—. En el lago helado. Tú y yo. Un duelo. El ganador se lo lleva todo. La chica. La manada. El futuro.
Víctor lo miró fijamente. Luego a Della. El odio ardía en sus ojos.
"De acuerdo", gruñó. "Y si gano, te arrancaré el corazón. Y a ella... le cortaré la garganta".
Bryan simplemente sonrió.
"Entonces nos veremos al amanecer."
Víctor se dio la vuelta. Los guardias lo siguieron.
La puerta se cerró con un clic.
Silencio.
Bryan se giró hacia Della. Vio el pánico en sus ojos.
"No tengas miedo", dijo suavemente.
"¿Cómo no?", se le quebró la voz. "Acabas de empezar una guerra. Por mi culpa".
Él ahuecó su rostro entre ambas manos.
—No por ti —dijo con brusquedad—. Por nosotros.
La besó. Suavemente esta vez. Casi con desesperación.
—Duérmete ya —susurró—. Mañana se decidirá todo.
Della se dejó caer en la cama. Las lágrimas fluían sin control.
Bryan se acostó junto a ella. La atrajo hacia su pecho. Protectora y posesivamente.
La noche avanzaba sigilosamente.
La luna se movió por el cielo.
Y en algún lugar a lo lejos, un lobo aulló.
Un lamento.
Una promesa.
Una cuenta regresiva para el derramamiento de sangre.







